Trabajar por la convivencia pacífica en los centros educativos

Puede parecer una obviedad, pero en ocasiones es necesario subrayar lo que debería ser visible a los ojos de todo el mundo. Convivir significa vivir con otras personas. Y, por tanto, adquirir y desarrollar habilidades y competencias para hacerlo de manera adecuada. Y pacífica. También significa entenderse, compartir, relacionarse, estar con… Es decir, algo obvio, insisto. Convivir nos remite a una experiencia en la que el nosotros cobra especial relevancia, por encima del yo. Y este escenario, claro, implica esfuerzos, compromiso, implicación, capacidad de escucha, solidaridad, humildad. Implica también apelar al valor del silencio y de la discreción. Supone, asimismo, alejarse de posiciones arrogantes, egoístas e individualistas. Siempre en beneficio del grupo, del todos y todas. De las propuestas consensuadas, del diálogo, de la argumentación. De saber ceder. De saber perder. Y ganar…

Merece la pena preguntarse si es éste el contexto en que nos ubicamos en la actualidad cuando dibujamos en el horizonte los sueños para nuestros hijos, por ejemplo. O los valores que una sociedad del siglo XXI no solo debería proclamar a los cuatro vientos sino, verdaderamente, cuidar que pudiesen ser una realidad. ¿Son estos los modelos que inspiran las mil y una influencias a las que se ven sometidos nuestros niños, niñas y adolescentes? ¿Priman estas ideas cuando preparamos a nuestros pequeños para lo que, más tarde o más temprano, se les va a venir encima en forma de mundo al que incorporarse, en el que estar (y saber estar), leer e interpretar y con el que relacionarse activamente?

Tengo mis dudas de que, más allá de lo plasmado en doctrinas formales y políticamente correctas, estemos en condiciones, hoy, de garantizar que trabajamos verdaderamente todos por un mundo en el que el respeto, la ayuda mutua, el diálogo y la resolución pacífica de los conflictos sean referentes explícitos y sinceros del modo en que concebimos la realidad y la propia vida.

Últimamente no dejo de insistir en una idea. Hoy, tal vez más que nunca, hemos de situar la promoción de la convivencia pacífica en el corazón de los planes y proyectos de los centros educativos. Aprendemos a convivir conviviendo. Y, por tanto, encontrándonos, sorprendiéndonos, hablando, resolviendo conflictos, buscando fórmulas para encontrar el mejor acuerdo, la mejor propuesta, la mejor vía de respuesta a las vicisitudes que van surgiendo. Aprendemos a convivir percibiendo y sintiendo las diferencias que surgen a nuestro alrededor, interactuando con ellas, escuchando, comprendiendo, dando. Y recibiendo. Aprendemos a convivir teniendo la posibilidad de estar con personas, con nuestros iguales. Y relacionándonos activamente, escuchando, opinando, rebatiendo, argumentando, indagando. Mostrándonos también. Y para esto es imprescindible que se den experiencias, continuadas, estables. Especialmente cuando estamos creciendo, madurando, aprendiendo a interpretar el mundo en el que nos desenvolvemos. Y aprendiendo también a responder a sus demandas. No con simples reacciones. Sino más bien, dando respuesta meditada a las situaciones con las que nos vamos encontrando. Y sacando conclusiones de cada experiencia. Más o menos conscientes. Pero conclusiones al fin y al cabo. Esto solo es posible, subrayo, estando, interactuando y viviendo con otras personas. En el día a día. Y no siempre es fácil encontrar estos espacios ya si no es en nuestras escuelas. Veamos alguna idea sobre los porqués de esta situación, que, estimo, puede ir a más en breve.

Por un lado (1), parece un hecho que caminamos en nuestro país a un panorama de agrupaciones familiares cada vez con menos miembros y, claro, menos hijos. La proyección de hogares que presenta el INE para 2014-2029 nos muestra un escenario preocupante. El número de personas que viven solas pasaría de representar el 9,7% de la población total en 2014, al 12,7% en 2029. Los hogares formados por dos personas seguirían siendo el tipo más frecuente en 2029. Alcanzarían la cifra de 5,99 millones (el 31,2% del total), con un aumento del 7,5% (416.794 más) desde 2014. Por su parte, los hogares con tres, cuatro y cinco o más personas mantendrían tasas de crecimiento negativas a lo largo del periodo 2014-2029, siendo los de tres personas los que menos decrecerían. Los hogares de cinco y más miembros pasarían de 1,08 millones en 2014 a 780.877 en 2029 (un 28,2% menos).

En síntesis, hogares con menos miembros, menos niños en ellos, menos posibilidades de convivir y, consecuentemente, menos experiencias de convivencia en un espacio que siempre representó el nicho donde aprender a ser y estar con los demás. La convivencia en casa, las relaciones entre hermanos, entre hijos y padres. La influencia de los hermanos mayores en la educación de los pequeños… Cosas nuestras, de siempre. Hoy en pleno proceso de cambio. Sustancial. Apartamentos para adolescentes (sus habitaciones) donde éstos cuajan su vida de relaciones en entornos virtuales. Muy distantes éstas de los aprendizajes a los que estamos haciendo referencia en estas líneas. Los del “cara a cara”, la mirada, el abrazo, la sonrisa, el enfado, el tacto, el contacto, pasear juntos, sentarse juntos y hablar. Visibles. Aquí y ahora. Y sus consecuencias. Menos niños, menos relaciones y menos aprendizaje de los patrones esenciales de la convivencia.

Todo ello, en un contexto en el que debería ser de obligada reflexión (2), asimismo, el modo y ritmo de vida que llevamos los adultos (especialmente en zonas urbanas, por supuesto), y cómo organizamos nuestros tiempos, nuestra vida. El tiempo que se dedica a estar y hacer cosas juntos, a charlar, a debatir; a convivir, en definitiva.  Y la influencia que esto tiene en la vida de nuestros niños y adolescentes. ¿O pensamos que esto no influye? ¿Creemos acaso que el viejo mantra de “no doy cantidad pero sí calidad” funciona de verdad? ¿Realmente pensamos que el impacto de pasar poco tiempo con nuestros hijos, por razones diversas ligadas a nuestras necesidades como adultos, no está ya pasando factura a los resultados del proceso educativo? Es imprescindible pensar en cómo podemos recuperar espacios y tiempos para la vida en común, aunque seamos pocos en casa… Desayunar, comer y/o cenar juntos, dar tiempo a las sobremesas, arrinconar los dispositivos, ver la televisión juntos (al menos de vez en cuando), seleccionar alguna película entre todos y poder comentarla también juntos, hacer cosas diferentes durante el fin de semana… Convivir, en definitiva, no simplemente coexistir.

En tercer lugar (3), hemos de tener en consideración, por supuesto, el contexto de hiperconectividad en el que se desenvuelven nuestros niños y adolescentes cada vez en edades más tempranas. Nada que objetar a las múltiples posibilidades de desarrollo personal e interpersonal, positivas, que aportan las tecnologías de la información en la vida de las personas. Hago referencia en estas líneas, no obstante, a los riesgos y también evidencias de mal uso y abuso de las mismas en diferentes direcciones. En todo caso, debería quedar claro, al menos a mi entender, que las experiencias de ciberconvivir y convivir presentan algunos espacios comunes, por otro lado lógicos y fáciles de entender. Pero no se trata de experiencias ni mucho menos similares. Habilitan vivencias y aprendizajes que no tienen, ni mucho menos, que coincidir. Ni en características, naturaleza, desarrollo, impacto en la persona… 

El valor que niños y adolescentes dan a las relaciones interpersonales en la actualidad (y el modo en que se dan) a través de los espacios digitales, dibuja efectos paradójicos, que hacen, por ejemplo, simultanea la facilidad con que llegan a casi cualquier cosa (y personas), con un oscuro escenario en el que cohabitan la pérdida progresiva de la interrelación y el contacto cara a cara.

En los últimos treinta años la escuela ha perdido parte de su capacidad para influir adecuadamente en su alumnado. Como la ha perdido también la familia. El acceso fácil e indiscriminado que nuestros chicos y chicas tienen a modelos y formas de interpretar la realidad (e interactuar con ella), sin apenas contraste con el mundo adulto, no explica todos los efectos indeseables en su comportamiento relacional ni el modo en que se instauran, pero sí algunos, no pequeños precisamente. Y los centros educativos deben recuperar un protagonismo imprescindible en la propuesta y ejercicio de modelos de convivencia democrática. Basados siempre en patrones que apuestan por el diálogo, la resolución pacífica de los conflictos, el aprendizaje cooperativo y las propuestas de aprendizaje-servicio, entre otros.

Los centros educativos, en todas sus etapas, deben abordar decididamente la promoción de la convivencia pacífica y la detección e intervención rápida, congruente, educativa y efectiva en situaciones de conflicto y, por supuesto, en aquellas que trufan su realidad con comportamientos violentos.

Es necesario insistir en el papel relevante y pertinente de los centros y comunidades educativas en la planificación de acciones, adecuadamente asentadas en estructuras orgánicas y funcionales, que permitan y den vida a experiencias de promoción de la convivencia pacífica y la prevención de comportamientos violentos entre compañeros, enmarcado en la consideración de un abordaje integral de todas las formas de violencia en la infancia y contra la infancia.

Es necesario, consecuentemente, que los centros educativos construyan un marco convivencial que se configure como espacio protector; un contexto dinámico, interactivo y flexible pero claro y visible para toda la comunidad educativa, revisable pero elaborado con criterio y consenso entre todos los agentes de la comunidad educativa.

Es imprescindible que revisemos, si no lo hemos hecho ya, el papel de los planes de convivencia en nuestros proyectos educativos. Valorar su impacto, relevancia y pertinencia en la vida de la comunidad, en el modo en que nos relacionamos y tomamos decisiones, en la manera en que abordamos y gestionamos las dificultades y los conflictos. El Plan de Convivencia de los centros educativos debe entenderse como un proceso dinámico (y no solo como un documento) de programación de la acción docente y el marco que rige las relaciones humanas en un centro, construido por toda la comunidad, a través de un proceso de reflexión, con garantías de participación de todos los sectores implicados en la vida de éste. La elaboración del Plan de Convivencia es una oportunidad clave para fortalecer la participación, sobre todo del alumnado y de las familias, que se pierde si se convierte en un mero documento administrativo.

Elaborar, o revisar, un plan de convivencia, debe entenderse en todo momento como un proceso en el que, paso a paso, secuencia a secuencia, podamos ir desbrozando diferentes elementos que nos permitan entender, en primer lugar, de qué estamos hablando, cómo lo entendemos todos los agentes y miembros de la comunidad educativa, y, en pasos subsiguientes, abordar las tareas de trabajo conjunto y colaborativo que contribuyan de manera eficaz a definir un marco vivo y consensuado, siempre en el contexto de un proceso de planificación ordenado y coherente:

  1. En el que justifiquemos el trabajo a realizar y definamos y organicemos un grupo interno, un equipo dinamizador (fase de justificación y designación de responsables) que permita liderar el proceso de sensibilización de toda la comunidad educativa para desarrollar la tarea, planificar el proceso, coordinar y dinamizar acciones, facilitar la tarea a los participantes, seleccionar los materiales que pueden contribuir a la formación previa, a la reflexión sobre el proceso. Este grupo interno puede estar configurado por algunos de los miembros de la Comisión de Convivencia del Consejo Escolar. Sin perjuicio de la posibilidad de contar con un grupo dinamizador en el propio claustro.
  2. En el que diseñemos un marco y un proceso para la sensibilización (fase de sensibilización) sobre la tarea a desarrollar. Favorecer la reflexión en los agentes que configuran el contexto educativo y social para que se sienta la necesidad de revisar lo realizado hasta el momento, adopten actitudes favorables al análisis, valoración y elaboración de propuestas de mejora.
  3. En el que se desarrolle un proceso de análisis de la convivencia en el centro (fase de diagnóstico) hasta el momento presente. Hacer visible y explícito qué visión tienen los diferentes agentes y el alumnado, qué es lo que estamos haciendo y sus resultados, grado de satisfacción de necesidades, qué nuevas demandas han surgido y cómo poder abordarlas, qué necesitamos para mejorar, recursos con los que contamos y podemos contar, cómo podemos formarnos para el proceso posterior, etc.
  4. En el que, partiendo de las necesidades detectadas en el análisis de nuestra convivencia, diseñemos un plan de acción (fase de planificación) que defina el modelo de convivencia que deseamos implantar, sus principios y objetivos.
  5. El centro educativo debe diseñar un proceso, seleccionando procedimientos y materiales específicos, para realizar el seguimiento y evaluación del plan de convivencia, adecuadamente temporalizado y con la referencia explícita a los objetivos que se han propuesto para el curso escolar (fase de evaluación)
  6. El centro educativo debe elaborar, asimismo, una estrategia planificada para informar periódicamente, implicar y responsabilizar a toda la comunidad educativa en el desarrollo del plan de convivencia.  Es necesario invertir tiempo y actividades en comunicar lo que se está realizando y despertar sensibilidad acerca de la importancia de la mejora de la convivencia en el conjunto de la comunidad educativa (fase de difusión).

Nos jugamos mucho en la educación de nuestros niños, niñas y adolescentes. Y teniendo en cuenta lo anteriormente señalado, los centros educativos van a convertirse, si es que esto no es ya una realidad, en uno de los escasos espacios donde aprender a convivir (con los otros, en el cara a cara, viendo y mirando a aquellos con quienes estamos) va a poder experimentarse no solo en teoría, sino, claramente, en la práctica.

José Antonio Luengo Latorre

Consejería de Educación e Innovación. Comunidad de Madrid

 

A continuación, te presentamos la intervención del autor del artículo en la II Reunión de la Red de Centros Educación Responsable el día 25 de enero de 2018. Está precedida por la presentación de Don Javier García Cañete, Director del programa Educación Responsable