VECINOS Y MANZANAS

Proceso creativo

 

Tengo la sensación que echar la vista atrás para recordar mi proceso creativo es como intentar traer a la memoria cuando acudía al dentista por un dolor de muelas, sí que podría describir los pasos vividos, pero por mucho que me esforzara, no podría mostrar realmente cómo me sentía al vivirlo. Pero aún con todo lo intentaré.

Creo que ya me he acostumbrado, resignado sería más apropiado decir, a que ninguna de mis obras salga de un tirón. Y aunque ya he escrito varias, siempre me vuelve a ocurrir lo mismo, me asaltan infinitas dudas y los miedos me acechan agazapados en cada paso que doy, desde que acepto el reto hasta que la fecha de entrega me alcanza inexorablemente.

 

 

 

Planteamiento

 

El germen de “Vecinos y Manzanas” fue escribir algo para hablar de la empatía, la resiliencia y la asertividad. Y todo ello sin citar ni la empatía, ni la resiliencia, ni la asertividad. Las primeras notas siempre las escribo en papel. Necesito notar el volumen de trabajo de forma tangible, el ordenador llega bastante más tarde. Aparecen bocetos, palabras, recuerdos, temas a tratar (principales y transversales), dichos, vivencias, informaciones, dibujos, esquemas e incluso sensaciones entre otras muchas cosas. Un verdadero batiburrillo. Durante bastante tiempo las ideas sueltas vienen y van desordenadas configurando un verdadero caos y pelean entre sí buscando protagonismo. En “Vecinos y manzanas” pronto fue ganando posiciones el metateatro. Apareció como un flashazo y se quedó. ¡Vaya si se quedó! No era la primera vez que lo trabajaba en mis dramaturgias, pues siempre me he sentido tentado de romper la cuarta pared y con el público al que iba dirigida… más. Parafraseando a la Lupe se podría decir: “que lo mío es puro metateatro”.

En este momento del proceso, cuando las ideas empiezan a clarificarse, aparecen los primeros esbozos de los personajes. Prototipos que también tendrán que luchar para quedarse. En ocasiones, dos antagonistas enfrentados por ganarse un puesto en la obra, sin quererlo, se unen para formar un único personaje mucho más rico. Y sin embargo otras veces, un protagonista se desdobla en dos personajes nuevos y curiosamente no por ello menos ricos en matices que su predecesor. Ambas situaciones han acontecido en esta obra, eso sí que es la primera vez que me sucede.

Tampoco tardan en llegar las primeras crisis y las ganas de abandonar, pero una vez superadas, como por arte de magia todo empieza a encajar y a adquirir cierto sentido. Y es ahí cuando verbalizo por primera vez la idea global de la historia, aún sin haber escrito nada de la obra en sí y se la cuento a alguno de “mis sufridores habituales”. Escucho lo que me dicen, lo tamizo y lo aplico si es menester. Es verdad que ya no se suelen asustar mucho con mis galimatías y tras escucharme y poner cierta cara de extrañeza, objetan algo y acaban diciendo: “Si tú lo tienes claro, adelante”.

Entonces interviene ya el ordenador y las facilidades que este da para la edición de textos y me lanzo a teclear y no suelo tardar mucho en poner la obra en formato legible. Es verdad que si no hubiera abandonado aquellas clases de mecanografía los plazos se acortarían, pero... me tengo que conformar con mis índices vertiginosos. Y por fin, cuando ya la tengo escrita desde la primera acotación hasta la palabra “telón”, llega una de las partes del proceso que más disfruto. Deshacer el formato clásico de planteamiento, nudo y desenlace. Marca de la casa. Y es entonces cuando convierto el texto en piezas sueltas más pequeñas y monto otro puzle alterando el orden, pero manteniendo la esencia.

En este momento el proceso pasa de ser un juego solitario a uno colectivo. Aunque en “Vecinos y manzanas” fuimos una colectividad de dos.

 

 

 

Nudo
 

Dar vida a un montón de texto sobre las tablas también es una labor ardua pero mucho más amena que escribirla. Al principio intentamos dotar de sentimientos e intenciones aquellas palabras que en tu cabeza sonaban de maravilla y que de repente parecen haber perdido su fulgor. Aquí buscamos, sobre todo soltura, ritmo y verdad. Por ello algunas palabras y/o frases son borradas del texto pues no pasan el corte de realidad y otras, tan solo, son cambiadas, para evitar repeticiones y cacofonías. Es un trabajo de pulido constante. Cada pase es distinto al anterior y un cambio en cierto párrafo nos obliga a nuevos cambios en otro lugar. Son ajustes en cadena. Esta fase siempre me recuerda al batir de alas de las mariposas y los tifones que pueden provocar en el otro lado del mundo. Y mientras las escenas empiezan a estar armadas, los bocetos, apuntes y croquis se tornan realidad y es entonces cuando va apareciendo el attrezzo, la escenografía y la indumentaria. Componentes que nos arropan como actores/personajes. En este ámbito siempre intento seguir una máxima: Menos, es más. Y de repente, como por arte de magia, todo empieza a encajar y la obra, de un pase al siguiente ya no sufre a penas modificaciones y se estabiliza y adquiere entidad. 

Y ya tan solo queda ensayar, ensayar y ensayar, una y otra vez hasta tener soltura, ritmo y verdad.

En este punto la obra ya está montada y preparada para su puesta de largo… o al menos eso creemos. Pero ahora le queda la parte más peliaguda. Testarla con el público al que va dirigida. Público anónimo que no tiene ni idea de todo el desarrollo.

Creemos que el fin último del teatro es pisar las tablas y no ser solo leído. Y aunque somos muchos los que leemos teatro con asiduidad, yo casi en exclusividad, las obras deben ser representadas para ser fieles a su esencia. Y por eso estoy convencido de que una obra de teatro no es realmente una obra de teatro hasta que no pasa la reválida de la puesta en escena. El examen del público.

Y con “Vecinos y manzanas” tuvimos suerte y al final, llegó el día del estreno.

 

 

Desenlace
 

Todo se va precipitando cuando se acerca el día del debut. Vuelven las dudas, los miedos y las terribles ganas de salir corriendo en cualquier dirección que te aleje del escenario. Pero te quedas y confías en que no esté tan mal como empiezas a sospechar. Quieres confiar en el trabajo realizado y te lanzas al abismo. Y sabes que, salvo por un error descomunal, todo saldrá más o menos bien. Llegas al escenario, montas la escenografía, pruebas el sonido, las luces, haces un par de ensayos técnicos y alguno de los completos y ¡a por ello!

Y haces vivir a los personajes frente a personas que no saben nada de ellos. Y notas sus reacciones, sus respiraciones, sus movimientos… ¡Todo! Yo, cuando he representado papeles no escritos por mí, en el día del estreno me concentro en vivir la escena de la forma acordada, no estoy tan pendiente del público, es más, procuro olvidarme de él. Pero cuando actúo con una dramaturgia que es también mía, no puedo desconectar y atravieso una y otra vez la cuarta pared buscando el efecto que mis ideas y mis palabras producen en los asistentes. “Vecinos y manzanas” nació para un público joven de 13, 14 y 15 años y sus profesores y cuando, por fin la representamos para esa franja de edad… y sus profesores, noté que estaban ahí, atentos, expectantes y que no habían desconectado. Sentí alivio pues siempre te queda la duda de haber acertado o no. Al finalizar la obra y charlar con ellos, confirme que habían estado allí. Nos hicieron una batería de preguntas muy interesantes sobre la actuación, los personajes, la obra… y por supuesto sobre el texto y su significado. El intercambio me resultó muy fructífero y nos sirvió para ir puliendo y afinando.

 

 

 

Epílogo
 

Eso sí, la primera duda que nos plantearon nos sorprendió. Un joven, en mitad de la platea, levantó la mano y con voz firme nos preguntó: «“Vecinos y Manzanas” es un título muy raro. ¿Por qué se llama así?»

Fue un perfecto comienzo para todo el coloquio que vino después. Eso sí, si queréis saber la razón del título tendréis que ver la obra y si tampoco os queda claro, nos lo preguntáis al final de la representación y charlamos sobre ello.

 

Áureo Gómez
Ñ Teatro