El dinamismo relacional en la educación

Antonio Sastre

Se habla del poder transformador de la mirada, de cómo nuestra mirada impacta en los demás: en nuestros alumnos y también en los compañeros con los que compartimos nuestra misión educativa. ¿Por qué la mirada es tan determinante? Por una razón sencilla y profunda a la vez: porque ella condiciona nuestra relación con los otros. Según es mi mirada al otro, así me relaciono con él.

Todos los docentes sabemos por experiencia lo profundamente satisfactoria que puede llegar a ser la relación con los alumnos. Pero también hemos experimentado con demasiada frecuencia la frustración de no saber qué hacer para relacionarnos mejor con ellos o con nuestros compañeros de claustro. ¿Cuál es el secreto de la relación en la educación? Ojalá pudiera responder a esto; eso significaría que estoy en posesión de una especie de receta mágica para poder llevar siempre a buen puerto la relación con mis alumnos, sus familias, mis compañeros, el equipo directivo... Pero, pensándolo mejor, creo que sí tengo un secreto que desvelarte. Me parece, precisamente, que el secreto de la educación es la relación.

Sin relación no hay educación. Más aún: lo que educa es la relación. Así lo comprende Robert Spaemann: «¿Cómo enseña uno a vivir? Conviviendo y haciendo todo lo posible unos con otros. No existe una actividad especial que se llame “educar”. La educación es un efecto secundario que sucede cuando se hacen muchas otras cosas diferentes».

La educación no es el resultado de ninguna actividad o encadenamiento de acciones que te puedan enseñar en un curso. Como hacer pan: te explican qué ingredientes necesitas, cómo has de juntarlos, a qué temperatura has de ponerlos, cuánto tiempo… Y si haces todo eso, te sale un perfecto y rico pan. No es un fin al que se ordenaría un conjunto de medios dispuestos con sagacidad. No es algo que te puedas plantear como fin o propósito. Como dice Franco Nembrini, “el secreto de la educación es no preocuparse por la educación”. ¿Qué nos debe preocupar entonces? La relación. Cuidarla, preservarla, hacerla crecer… Y todo esto pasa por entenderla, por conocer su dinamismo, sus resortes… En todo eso sí que se puede, y se debe, ahondar. Si la relación es el suelo firme sobre el que acontece la educación, quizá la razón por la que la educación tantas veces enferma, hasta el punto de hacernos hablar en ocasiones de una auténtica emergencia educativa, es porque falta o vacila ese suelo firme. Y de ahí la in-firmidad del acontecimiento educativo que sobre ese suelo se sostiene.

Pero no solo educa la relación, sino toda esa red de relaciones con la que se entreteje una comunidad.

Si educar es enseñar a vivir, acompañar a los alumnos en su camino de crecimiento y plenitud, la escuela necesariamente ha de configurarse como una auténtica comunidad, pues la persona, en cuanto ser relacional, necesita de un hábitat comunitario para florecer. La comunidad no se puede fabricar, pero sí se pueden indicar algunas condiciones sin las cuales ella no se dará. El conjunto de esas condiciones es, de nuevo, lo que llamamos el dinamismo relacional de la persona. Ese dinamismo gira en torno al don.

Dar es salir de uno mismo. Porque somos seres comunitarios, el don es un aspecto constitutivo de nuestro ser: no podemos fundar con el otro una relación verdadera sin darnos, sin la disposición a poner en juego lo que tenemos y sobre todo lo que somos.

Entender el dinamismo relacional de la persona pasará, pues, por ahondar en la capacidad humana de donarse al otro y en todos aquellos valores que esto implica: apertura, escucha, respeto, estima, colaboración, disponibilidad, confianza, humildad, generosidad…

La cuestión es, pues, asumir la relacionalidad como paradigma pedagógico fundamental, medio y fin para el desarrollo de la propia identidad de la persona. Educar es acompañar al otro en el nada fácil camino que lleva de ser individuo a ser persona. De individuo que vive para sí, aunque viva con los otros, a persona que se abre a los demás y vive para ellos. En ese viaje todos necesitamos ser acompañados al tiempo que somos llamados a acompañar a otros: esto es la educación. 

Esta dimensión relacional de la persona es de siempre, por supuesto, pues viene de serie con ella, pero el contexto en el que hoy hemos de desarrollarla en nuestros alumnos es nuevo. Los medios digitales han multiplicado enormemente nuestras posibilidades de relacionarnos y comunicarnos, aunque también podrían tener el efecto de alejarnos imperceptiblemente del otro. Educar a los niños y jóvenes para relacionarse de forma auténtica y profunda, sea en el contexto de una presencialidad física o de una presencialidad virtual, con los matices que en cada caso sean necesarios, se convierte en una prioridad dentro de nuestros proyectos educativos.

Necesitamos ahondar en las condiciones para que cada acción formativa pueda ser generadora de encuentro y comunidad. Igualmente, necesitamos equiparnos constantemente con algunas claves y herramientas básicas que lo faciliten. Buscando siempre cómo aterrizarlo de forma práctica en el día a día de nuestros alumnos, en nuestras aulas y centros educativos… en definitiva, en nuestra realidad cotidiana de profesores y educadores. Hemos de reflexionar sobre qué, cómo y para qué generar esos espacios de encuentro con nuestros alumnos, compañeros, padres de familia… y por supuesto, con nosotros mismos.

Pero demos un paso más. La escuela no debe reducirse a ser una burbuja en la que refugiarnos confortablemente al margen de lo que sucede afuera. La escuela ha de configurarse, sí, como un pequeño laboratorio donde vivir entre nosotros los valores del encuentro, el diálogo, la gratuidad, la donación, etc. Ahora bien, cuando estos valores han llegado a transformar verdaderamente a las personas, la comunidad se abre hacia el mundo, hacia los de fuera. Un claro indicio del éxito en nuestra acción educativa es que logre despertar en las personas la responsabilidad social, el deseo de ponerse al servicio de los demás y de toda la comunidad humana, comenzando por los que están peor. El gran servicio de la educación es la educación al servicio. La calidad de nuestra acción educativa puede medirse por el grado en que impacte en la sociedad en su conjunto y no solo en el pequeño círculo de nuestra comunidad educativa.

En resumen: se educa en la relación y para la relación. La relación –el encuentro– es la medio y la meta de ese milagro que es el crecimiento de la persona, es decir, su educación.

Antonio Sastre Ji´ménez

Coordinador del Módulo III El dinamismo relacional de la persona del Programa Especialista en Educación Emocional, Social y de la Creatividad para la Transformación educativa y Coordinador de formación integral de los colegios Regnum Christi-España.

 

Este artículo se enmarca dentro del

PROGRAMA ESPECIALISTA EN EDUCACIÓN EMOCIONAL, SOCIAL Y DE LA CREATIVIDAD PARA LA TRANSFORMACIÓN EDUCATIVA,

un título propio de la Universidad Francisco de Vitoria en colaboración con la Fundación Botín.

Aquí puedes ver en qué consiste y puedes solicitar más información escribiendo a transformacion.edu@ufv.es.

 

Te dejamos un par de testimonios que te cuentan cómo han vivido su experiencia formativa con ambas entidades:

Bárbara Garrido

 

 

Arantxa de Miguel