El arte de demorarse

“Todo tiene su momento oportuno;

hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo”

                                                                                               Libro del Eclesiastés

Septiembre, eterno principio de curso. Una hoja formato A4 que ostenta una flamante cuadrícula coloreada es distribuida. Profesores primero y alumnos unos días después, reciben en sus manos la hoja fatal y observan con estupor la personalizada tabla de cinco columnas y muchas más filas, que define escrupulosamente el empleo del tiempo a ritmo semanal. La secuencia de actividad entra en vigor desde ese instante hasta dentro de nueve meses. Lo llaman horario. Jamás es del gusto de casi ningún alumno o profesor. El análisis exhaustivo de la información crucial de la tabla por parte del sujeto receptor es controvertido… ¿Se puede dar o recibir clase de matemáticas un viernes a las cuatro de la tarde?; ¿Se pueden impartir seis o siete clases seguidas en grupos diferentes, de niveles diferentes e incluso en pabellones diferentes en una sola jornada, además de cuidar recreos y vigilar el comedor?; ¿Es normal tener clases que se solapan, debiendo estar en dos lugares a la vez en un imposible ejercicio de bilocación?; ¿Por qué las cuatro horas de una asignatura se dispersan aleatoriamente en la cuadrícula? ¿No podrían ser dos clases de dos horas?... y por último: ¿en qué cuadrícula de la tabla se charla, se informa, se comparte con los compañeros, se corrige, se estudia, se crea?

Pero retrocedamos unos meses, hasta el instante de la elaboración de los horarios por parte del responsable en el centro de semejante negociado, con la infalible ayuda de la tecnología informática. En realidad, el concepto básico que nutre la tarea es el siguiente:  una sustancia vital aparentemente homogénea, llamada Tiempo (cuya metáfora es el blanco del papel), ha de ser fragmentada en intervalos iguales, llamados horas lectivas (cuya metáfora son los casilleros coloreados), a lo largo de los cinco días que tiene la semana académica. Conviene recordar que previamente, desde una estratosfera burocrática, el mismísimo Conocimiento (con mayúscula), fue fragmentado, in illo tempore, en disciplinas o materias, que a su vez se subdividieron en temarios y unidades didácticas, los cuales deben ahora encajar en la cuadrícula temporal, de modo y manera que toda la transmisión de la información y actividades de la propuesta pedagógica encajen como bolillos en la trama ortogonal. ¡Habemus Programación!

Pero cabe preguntarse: siendo esta labor tan razonable y tan meticulosamente pensada por una computadora en estrecha cooperación con el sistema educativo imperante… ¿Por qué la disconformidad de los receptores de la fatídica cuadrícula?, ¿Por qué los horarios despiertan tanto recelo, tanta desconfianza, tanto resquemor desde el primer instante de curso? La respuesta es fácil: todo horario es irreal. Y lo es por la falta de la debida consideración al elemento fundamental del horario: el Tiempo.

El Tiempo, “sustancia de la que se compone la Vida”, no es algo fácil de abordar. Dejaremos a un lado, con permiso del lector, las posmodernas conclusiones científicas acerca del tema (teoría del espacio-tiempo, etc), que no solo resultan poco prácticas para el objeto de este artículo, sino absolutamente inescrutables en su forma y especulativas en su interpretación. Hacer una reflexión que pueda resultar mínimamente útil sobre el uso del Tiempo en la educación, requiere una tarea previa que nos arrastra de un modo inexcusable al terreno de la filosofía.

La gran tradición filosófica occidental ha sido más una filosofía del Espacio que del Tiempo. El Espacio parece estático y está sujeto a observaciones objetivas, capaces de generar conclusiones conceptuales de carácter más o menos universal. Sin embargo, el Tiempo parece tener una esencia ligada a la subjetividad. No hay un Tiempo universal, homogéneo, neutro: el tiempo constante, de las horas, los minutos y los segundos es una enorme ficción utilitaria hija de las necesidades mecanicistas de la ilustración y de la ciencia. Pero lo cierto es que el Tiempo se transita desde una heterogénea subjetividad que desemboca en múltiples tiempos, como tan bien intuían Nietzsche o Heidegger, y nos explica en su obra María Zambrano, o el más actual filósofo coreano Byung Chul Han.

Hay muchos tiempos. Como sustancia infinita de la realidad, el ser humano solo puede conocer el Tiempo a través de sus infinitos fragmentos. Ahí radica la clave de la pluralidad temporal. Es la manera de fragmentar la misteriosa sustancia, es decir, de crear diferentes ritmos, lo que posibilita que haya muchos tiempos. El tiempo imaginario, el de los segundos, minutos y horas, no es más que una convención necesaria fruto de un sistema global de medidas. Es práctico, pero no absoluto. Hay también un ritmo natural subjetivo que viene dado por nuestra respiración, nuestras pulsaciones biológicas, íntimamente ligado a nuestro cambiante estado psíquico, y por lo tanto plenamente subjetivo. Y así, enumeran los autores, hay un tiempo del sueño, no lineal, en el que los relatos se solapan, y un tiempo de la vigilia, narrativo, que evoca secuencialmente y construye nuestra dimensión histórica. Un tiempo de la fantasía, que se proyecta en el futuro y acelera acontecimientos, y un tiempo de la amenaza, impaciente, que se hace denso y no transcurre, y se detiene, dilatando insoportablemente sus fragmentos. Hay un tiempo de la creación, absoluto, que confunde pasado y futuro. Hay, en definitiva, un tiempo de la enseñanza o del aprendizaje: es un tiempo de la contemplación, el mismo tiempo que transitamos cuando somos capaces de deleitarnos ante una obra de arte sublime. Ese, dice Zambrano, es el Tiempo Real.

El Tiempo transcurre cuando se transita subjetivamente de modos diversos y por lo tanto es irreal objetivarlo. Teniendo esto en cuenta: ¿Es real la propuesta de utilización del tiempo que refleja la cuadrícula semanal que nos reparten a principio de curso? La respuesta es siempre NO. Los horarios, como las programaciones, son absolutamente necesarios, pero siempre falsos. Pongamos algunos ejemplos.

Los cincuenta o sesenta minutos que suele durar una clase, no son iguales. Tienen su cualidad, su jerarquía y su narrativa. Cuando el docente entra en el aula, el tiempo es disperso y heterogéneo. La clase necesita tiempo para encontrar su Tiempo. El profesor debe despertar su sensibilidad y hacer un análisis objetivo de la situación. Con frecuencia la urgente transmisión de la información que demanda la implacable programación, debe esperar. Casi nunca se puede dar clase cuando ha empezado la clase. Es necesario, como en la música o en la literatura, una obertura, un prólogo. Hay que, sutilmente, conciliar intenciones y acompasar ritmos vitales. El material humano es impredecible, y nunca se sabe cuanto puede llevar este asunto. La realidad es que muchas veces no se puede dar clase en tu hora de clase. Conviene entonces plegarse y optar por un plan B, o C, o D… Impartir la asignatura a cualquier precio es un pequeño suicidio, una condena obligada a mandar callar cada cinco minutos, y una alta probabilidad de expulsar a más de un alumno. Crispación y rabia: malos acompañantes del noble arte de enseñar.

Pero si el trabajo preliminar de encontrar un tiempo para el aprendizaje encuentra su curso, se puede dar paso a la aventura de la clase, de un modo muy similar a cómo se construye la dramaturgia escénica de una obra de teatro: narrativa, avance de la acción, datos de impacto en los momentos adecuados, pausas, momentos de distracción y momentos de quietud que anteceden o concluyen a los picos de atención… Y también tiempo de silencio. No son todos los minutos iguales. Y antes de terminar, energía de conclusión y cierre… ¡Jamás acabar en el momento álgido, o perjudicaremos al profesor siguiente! El trascurso de una clase es un ejercicio de composición, sutil y bello, que de ningún modo se puede establecer a priori. Es un arte que se aprende haciéndolo, se improvisa en ese mismo instante, en vivo y en directo; es un Arte de hilar diferentes tiempos.

Lo mismo ocurre con la construcción temporal de la jornada escolar. La primera hora, por seguir con ejemplos de inicio, es siempre una transición. El tiempo que gobierna al alumno y al profesor al comenzar la jornada es un tiempo de vigilia y de ubicación narrativa. Cuando el alumno se sienta en su pupitre, la mitad de su ser está aún desayunando, si no durmiendo. Es difícil ser efectivo a primera hora. Es difícil ser efectivo cuando me tengo que ocupar de actualizar quién soy. Tal vez ese proceso no necesite durar una hora completa, tal vez yo necesite solo diez o quince minutos para ubicarme, para reconocerme a mí y a los demás, para habitar con los demás el espacio que ocupo. Pero lo cierto es que lo necesito, y por lo tanto lo haré, al margen de lo que el profesor se afane por impartir.

El ser humano está sujeto a leyes naturales, y despierta lentamente como el día. Desde una presencia consciente puedo abrirme gradualmente a recibir al mundo. Conviene a primera hora despertar las facultades y los sentidos. Agudizar vista, oído, tacto... Y por lo tanto, tocar, ver, escuchar; cantar, recitar, dar la mano. Es momento de despertar tranquilamente el cuerpo que habito, a través de un ejercicio físico suave: más de estiramiento que de fuerza; más de respiración que de esfuerzo. Los niveles de atención deben preparase, calentarse. Su puesta a punto precisa una pequeña demora. Y como lo necesito, lo haré, al margen de lo que el profesor esté explicando.

Y así cada momento del día trascurre en el tiempo que le es propio. ¿No tenemos todos experiencia de que la misma asignatura no tiene el mismo resultado en función de la hora del día en que se imparte? Dependiendo del tiempo que transita, el alumno tiene unas capacidades u otras. No es lo mismo atender al profesor con hambre que sin hambre, con cansancio que sin cansancio, despierto que dormido… Colocar ciertas materias en la hora equivocada de la cuadrícula semanal es lo mismo que condenarlas al fracaso.

Y del mismo modo que en la hora de clase, la jornada debe tener sus picos de atención. No se puede estar atento y concentrado de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Si algún alumno lo hace, es que tiene un problema severo. Conviene diseñar jornadas equilibrando atención mental, con actividad manual y movimiento; concentración con dispersión; comprensión con intuición; información con silencio; análisis con imaginación; aprovechar el tiempo con perderlo. Frecuentemente el tiempo imaginario que creemos perder, lo estamos ganando en forma de Tiempo Real. De nuevo se trata de hilar tipos de Tiempo.

Y lo aplicable a la hora de clase y a la jornada, lo podemos aplicar a la semana y al año escolar. Un lunes no es igual que un viernes, del mismo modo que octubre no tiene nada que ver con mayo: los tiempos a los que nos invitan son diferentes. El falso y necesario horario imaginario que nos dieron en septiembre está condenado a pactar con la realidad. ¡Debemos permitírselo!.

Como observan los verdaderos filósofos, la gestión del tiempo en el siglo XXI es muy conflictiva.  A los casilleros de la cuadrícula de nuestros estudios o trabajos, le añadimos más casilleros con extraescolares, actividades deportivas, gimnasios, terapias… Como si todo pudiera ser ejecutado en cualquier momento. Y el fin de semana también tiene sus demandas: partidos deportivos, vida social, visitas familiares, ocio programando… La cuadrícula del cole se prolonga en el calendario de la cocina. ¿Pero tienen relación todos esos casilleros de actividad

Cuando el tempo se fragmenta en infinitos picos de actualidad que no se relacionan significativamente entre ellos, aparece el caos. Los fragmentos de ocupación y quehaceres, cada vez más numerosos, más heterogéneos y más cortos, nos lanzan a un abismo angustioso o depresivo. El resultado es una sociedad acelerada y permanentemente cansada; una sociedad que comienza mil actividades y no concluye ninguna porque prima la novedad a la constancia; una cultura en la que el tiempo es mercancía y vale dinero, y por lo tanto es solo una cuestión de cantidad, más que de calidad.

¿Solución? Rescatar una historia de Amor con la demora. No hay por qué llegar o marcharse rápido de los lugares. Solo es necesario llegar y marcharse a tiempo. Tal vez sea el momento de rescatar las actividades y enseñanzas en las que el proceso sea tanto o más valioso que el objetivo; es más, actividades en las que el proceso sea absolutamente constitutivo de su propio desenlace: desplazase a pie, cuidar una huerta, preparar una obra de teatro o un concierto, tallar una piedra, tejer… Así dejamos que los tiempos compongan el Tiempo.

La aceleración compulsiva debería ser evitada en la enseñanza. Las mil asignaturas, los mil trabajos, las mil actividades no conducen a nada y no acreditan nada. Conviene hacer menos y mejor. Conviene demorase en lo que se hace, y respetar la ley natural de los intervalos, de los procesos, de las transiciones, de los tiempos que jerarquizan y dotan nuestros quehaceres de dirección y de narrativa. La información es rápida. El Conocimiento, al igual que la Verdad y el Amor, es lento: se demora. El “Arte de Demorarse” que nos propone el muy lúcido Chul Han, no es ya una opción: es un regreso a la realidad.

Jaime Buhigas

Profesor

Bibliografía:

  • BYUNG-CHUL HAN  (2009) El aroma del tiempo: un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Ed. HERDER. (Trad. Paula Kuffer)
  • BYUNG-CHUL HAN  (2012) La sociedad del cansancio. Ed. HERDER. (Trad. Paula Kuffer)
  • MARÍA ZAMBRANO (1986) El sueño creador. Ed. TURNER
  • MARÍA ZAMBRANO (1992) Los sueños y el tiempo. Ed. SIRUELA
  • MARTIN HEIDEGGER (2012) Ser y Tiempo. Ed. TROTTA (Trad. Jorge Eduardo Rivera)
  • FRIEDRICH NIETZSCHE (2002) La gaya ciencia. Ed. EDAF (Trad. Germán Cano)
 

 

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