INDIVIDUALIDAD Y EMPATÍA, NUESTRAS MEJORES ALIADAS PARA LA INCLUSIÓN

 

Cuando hablamos de inclusión educativa, tenemos que comenzar hablando de individualidad, empatía, capacidad y de perder miedos.

La empatía es nuestra mejor aliada para comenzar cualquier tipo de acercamiento que queramos tener con la inclusión. Os preguntareis, ¿por qué es tan importante empatizar y no basta con tratar de comprender que es la diversidad funcional? La razón es muy simple y es que hasta que no sentimos, hasta que no vivimos experiencias reales de una forma similar a la que la viven otras personas, no vamos a ser capaces de entender su realidad. Ahora mismo yo puedo deciros: “imaginaros que sois ciegos totales y que camináis por la calle o que estáis sentados en la mesa dispuestos a comer”, ¿cómo creéis que os sentiríais? Sin embargo, si os digo: “vendaros los ojos y enfrentaros a caminar por vuestra casa o sentaros a comer como hacéis cada día”, la sensación entre imaginar y experimentar en vuestra propia piel es totalmente distinta. Una vez que hemos percibido la realidad de un modo similar a como lo hacen las personas con las que vamos a trabajar, es el momento de hablar de individualidad. Todos sabemos que cada alumno es único, tiene sus propios ritmos de aprendizaje y una manera particular de entender y percibir las enseñanzas y el mundo que le rodea. Lo que acabo de decir no es nuevo ¿verdad?, algo tan sencillo que todos conocemos y que resulta fundamental para lograr la inclusión es atender a las individualidades de cada alumno. Pues bien, si todos podemos comprender que cada persona es diferente, si además podemos ponernos en el lugar de cada una de las personas que tenemos delante para comprender el mundo desde su perspectiva, todos podemos trabajar de forma inclusiva dentro del aula. Llegados a este punto, es el momento de mostrar que podemos adaptarnos a las particularidades de cada uno de nuestros educandos.

 

Cada alumno tiene una manera particular de entender y percibir las enseñanzas y el mundo que le rodea.

 

¿Y cómo lo hacemos, cómo nos adaptamos a las necesidades de nuestros alumnos? Es muy sencillo, observando qué pasa con cada uno de ellos, cuáles son sus características, qué les gusta y les motiva. ¿Habéis leído Peter Pan? En este mítico cuento nos dan la clave para avanzar día a día y es que, si os acordáis en esa historia cada niño necesita un pensamiento alegre para poder volar. Nosotros, los educadores, necesitamos encontrar ese pensamiento alegre para poder lograr en ellos un aprendizaje funcional, motivador y que sea capaz de despertar su curiosidad. Por eso, es importantísimo hablar con la familia, que nos cuente qué les gusta, qué les perturba, todo aquello que sea relevante para nosotros y que no podamos ver en el aula.

Seguramente muchos de vosotros os habéis encontrado con alumnos que tenían dificultades de visión, ¿qué sucede cuando un alumno no ve bien en el aula y está sentado al fondo de la clase? Pierde el hilo de la explicación, puede que se aburra y en este caso, puede que decida centrar su atención en su compañero, en tratar de hacer malabarismos con el material que encuentra en su mesa… lo cual puede que termine arrastrando a otros alumnos y al final distorsione la clase.

¿Qué hacemos cuando detectamos que un alumno parece que tiene dificultades de visión en el aula? Avisamos a la familia de lo que acabamos de descubrir y hasta que le llevan al óptico para corregir sus problemas de visión,  generalmente cambiamos al alumno de sitio, le ponemos más cerca de la pizarra para que pueda ver con más claridad… ¡fantástico! lo que estamos haciendo en este caso no es ni más ni menos que adaptarnos a las necesidades que a lo largo de la vida educativa pueden afectar a cualquiera de nuestros alumnos o a nosotros mismos.

Con este ejemplo queda claro que lo que lleváis haciendo un montón de tiempo no es ni más ni menos que incluir dentro del aula. Observar, empatizar, atender a la individualidad de cada uno y priorizar, ¿qué hacemos? dejamos al alumno en el sitio en el que estaba hasta que le corrijan la vista o le cambiamos de sitio y adaptamos su ubicación para que no se aburra; para que no adopte una conducta que no nos interesa dentro del aula le llegue toda la información… esta segunda opción la que la lógica nos obliga a elegir es la que supone una educación inclusiva real dentro del aula.

 

 

Con recursos de Educación Responsable, como el Banco de Herramientas o Literatura, Emociones y Creatividad también podemos realizar pequeñas acciones que favorezcan la inclusión. Si, por ejemplo, nos encontramos con alumnos con dificultad para la abstracción y vamos a trabajar cuentos o un video, siempre podemos utilizar pictogramas, presentar en papel, con marionetas con distintas texturas, podemos crear con plastilina o con distintos materiales a esos personajes que van a salir en el video para facilitar a ese alumno y al resto de la clase la comprensión de lo que queremos explicar… De hecho, si nos fijamos bien nos daremos cuenta de que estamos rodeados de elementos, de materiales que nos sirven para dar respuesta a las necesidades que se plantean en el aula. Porque una cosa esta clara, todos los recursos que utilizamos para dar respuesta a las necesidades de un alumno beneficia y puede ser utilizado por el resto de la clase. Igual que las rampas que en un principio están instaladas para eliminar las barreras arquitectónicas para aquellas personas con movilidad reducida son utilizadas por el resto de la población, todos los elementos que utilicemos dentro del aula para lograr un aprendizaje significativo, individualizado e inclusivo dentro del aula con un alumno en concreto, va a ser utilizado y va a tener un impacto positivo dentro del aula con el resto del grupo.

Espero que, a partir de ahora, sintáis que todos somos capaces de llevar a cabo acciones educativas inclusivas.

 

 

Ana Cisneros Fernández

Socióloga y maestra de primaria especializada en Audición y Lenguaje y Necesidades Educativas Especiales