Familia- Escuela: una necesaria relación de confianza

Llegué al mundo educativo hace casi quince años, después de abandonar una carrera profesional del ámbito de la salud y tras cursar psicología. Asumí la orientación escolar de un colegio que abarca desde la etapa de E. Infantil  hasta Bachillerato y comencé, entonces,  a descubrir mi verdadera vocación.

Es posible que la labor del orientador escolar resulte para muchos,  aún desconocida. Es posible reconocernos en la  tarea de detectar necesidades educativas y ser capaces de poner en marcha las medidas para ofrecer al alumno la respuesta más adecuada y sí, sin duda esa es una de nuestras principales funciones. Es cierto también que jugamos un papel importante en la orientación académico profesional y en el plan de acción tutorial, que somos asesores del equipo docente y coordinamos planes y actuaciones importantes en la vida de nuestros centros. Sin embargo, hoy mi intención no es escribir sobre todo ello, sino poner en valor el compromiso del orientador escolar con las familias de sus alumnos.

Desde el principio, tuve claro que la atención a las familias debía ser un objetivo prioritario en mi trabajo, que no podía ser posible pensar en los alumnos y acompañarlos en el camino del aprendizaje dejando a sus familias “fuera de juego”. Pero ha sido con el paso de los años cuando he ido aprendiendo  cómo conseguirlo y eso es verdaderamente lo que ahora quiero compartir. 

Mi punto de partida era contar con la familia para remar a favor del alumno, teniendo en cuenta, sobre todo, las necesidades del alumno. Faltaría a la verdad si no dijera que, a veces, esto funciona .Proponer un abordaje más ambicioso, permite disfrutar del éxito de forma más satisfactoria para todas las partes implicadas. Contar con la familia del alumno teniendo en cuenta las necesidades familiares es un   reto más completo y con mayor sentido.

Validar las emociones encontradas, los recelos, los temores y las preocupaciones, las expectativas, las dudas…validar el momento personal difícil…validar incluso el silencio respecto a algunas cuestiones…es comenzar a construir una relación de confianza.

Si cuidamos esa relación seremos capaces de avanzar en todo y si no lo hacemos, encontraremos obstáculos para casi todo.

Creo firmemente en la necesidad de compartir una misión educadora familia y escuela, y creo que los educadores, como profesionales hemos de llevar la iniciativa. Hagamos de los centros escolares lugares de encuentro. Familia y escuela estamos en el mismo barco.

El reconocimiento de la labor familiar y la construcción de una relación de confianza facilitan el abordaje de otras cuestiones clave como las dificultades de aprendizaje, la ausencia de un hábito de trabajo y estudio eficaz, la desmotivación por lo escolar, las consecuencias de la inexistencia de límites claros o las carencias afectivas…cuestiones todas ellas que repercuten en el rendimiento del alumno y que frenan su proceso de aprendizaje.

 Tomar perspectiva de la realidad familiar, sea la que sea, conectar con sus sentimientos y se capaces de transmitirles que estamos con ellos, que los entendemos, que no es tan raro lo que les pasa, que no están solos…es la llave que permite seguir abriendo puertas a la comunicación y al camino del abordaje de problemas.

Saltar este paso fuerza situaciones y coloca al educador frente a la familia y a la familia frente al educador, cuando lo prioritario es hacer sentir que estamos juntos, codo con codo y que de ambas partes depende que sea más o menos fácil acercarnos al fin que nos une: el bienestar del alumno.

Ser consciente de este cambio de estrategia ha supuesto un proceso de crecimiento personal y profesional para mí. Proceso en el que aún estoy inmersa y que, ya voy comprendiendo, que va a durar toda mi vida profesional.

La construcción de este vínculo familia-escuela exige una actitud activa por parte del orientador. Es necesario afanarse en la labor, comprometerse, creo que eso es más factible si uno tiene vocación educadora, lo cual no quiere decir que sea tarea fácil.

Acompañar a las familias en el proceso de desarrollo personal y   académico de sus hijos es emprender una aventura no exenta de riesgos. Ejercer un modelo parental y escolar positivo conjunto y coherente es un reto. ¿Asumible? Yo soy optimista si ambas partes se comprometen.

Es un objetivo a medio-largo plazo con lo que para no desfallecer es necesario fijar metas sencillas que permitan experiencias de éxito conjunto que   animen a perpetuar el compromiso. Metas viables y ajustadas a la realidad del contexto que rodea al alumno y a sus características personales.

Reconocimiento y refuerzo positivo son dos buenos aliados que alimentan y alientan la relación familia–escuela. Ambas partes los necesitamos. Por eso, desde la consciencia de esa necesidad me planteo dejar hueco para estos aliados en cada uno de los encuentros que tengo con las familias. Supone una experiencia que reconforta, sosiega el encuentro y, a la vez, motiva y da fuerzas para continuar.

Son muchos los sinsabores, obstáculos, imprevistos, barreas físicas, y psicológicas…  que podemos encontrarnos. A veces ambas partes añoramos un “libro de instrucciones” que de forma explícita marcara cuál es el siguiente paso necesario para el éxito. Sin embargo, sabemos que eso no existe: que ni el éxito está garantizado ni hay pócimas infalibles.

Intento transmitir a las familias que debemos ser capaces juntos de encontrar y poner en marcha estrategias para hacer frente a los obstáculos y que el camino no es otro que hacerlo de forma creativa. Buscando la forma de dar la respuesta adecuada, la mejor respuesta adecuada de entre todas las posibles aquella que fortalezca a la persona y conlleve aprendizaje de huella profunda. Una vez más, tengo que afirmar que es un reto ambicioso.

Comparto el convencimiento de aquellos que dicen que solo tenemos la certeza de cuál es el efecto de lo que no hacemos, por eso, trabajo y disfruto de una labor apasionante en la que, al menos, no quiero sentirme sola. Quiero contar con todos los que me acompañan. Quiero trabajar por construir con las familias de los alumnos relaciones de confianza que complementen y fortalezcan mi vocación educadora.

                                                                              Marta Díez Collantes

                                       Orientadora escolar y formadora del programa ER

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