EN JUEGO, LO MEJOR.

Esencia e identidad de la profesión docente.

Carmen Guaita

 

Cuenta Stefan Zweig que los compañeros de Vasco Núñez de Balboa, cuando llegaron por primera vez al océano Pacífico, bebieron de sus aguas para saber si tenían el mismo sabor que las ya conocidas.  Los docentes estamos ante un panorama tan nuevo como el de aquellos descubridores y también tenemos que encontrar las referencias.

PERFIL EXTERIOR DE LA DOCENCIA. INFORMACIÓN Y CONOCIMIENTO

Cuando todo el mundo sabe para lo que sirve Wikipedia, los profesores tienen que explicar, por primera vez en la historia, para qué sirven ellos. Uno de los tópicos al uso habla del enorme poder de la tecnología sobre los procesos de aprendizaje de los alumnos, frente a las carencias de la intervención clásica de los docentes. La opinión general asegura que las fuentes de la información y el conocimiento manan desde las pantallas y ya no son propiedad del magisterio. Pierden de vista que el volumen de información accesible a través de Internet es incalculable pero consiste, fundamentalmente, en miles de datos que llegan desde emisores indeterminados. Sólo puede manejar con éxito este volumen de información quien sepa lo que busca y por qué. Y solo puede intervenir de manera significativa en el juego de las opiniones quien sepa lo que dice y por qué. Para que la oferta de Internet sea verdaderamente enriquecedora, hace falta el sustrato de conocimiento que aporta la educación.

Pero, como en un círculo virtuoso, conocer no es solo el requisito para seleccionar; es también el resultado de asimilar la información seleccionada, enlazarla con lo que ya se conocía, ampliarla con nuevos descubrimientos y transformarla en competencia. Cuando este proceso llega a efectuar aportaciones nuevas y valiosas al conocimiento, se alcanza la sabiduría. Pues bien, en esta alquimia está una de las razones de ser del trabajo docente. El profesor proporciona información a sus alumnos, les enseña a transformarla en conocimiento y competencia, y les impulsa a elevarse hacia la sabiduría. Pero como la docencia se efectúa ejercitando una de las más bellas formas de la comunicación humana - la relación educativa - el maestro hace mucho más que enseñar: personifica. De ahí que las herramientas digitales sean auxiliares imprescindibles del trabajo docente pero no puedan hacer este trabajo.

 

BUROCRATIZACIÓN Y TAREA DOCENTE

Otro tópico es la necesidad de subir posiciones en las comparativas sobre educación, sin más justificación que la escalada en sí misma. La opinión política considera al profesorado como un apéndice de la economía que debe dedicarse a rentabilizar el capital humano y a maximizar resultados en las evaluaciones internacionales. Esta consideración lesiona el perfil profesional de la docencia. En buena medida, proviene de una perversión del propio sistema educativo: la burocratización, es decir la pérdida de control del profesor sobre el sentido de su trabajo. En la práctica, esto constituye un freno a la creatividad, un empobrecimiento de la tarea y una fuente de desmotivación.

A la vez, se fomenta cada vez más la competencia directa entre los centros. Las escuelas empiezan a prestar servicios en función de la demanda, en vez de ser ellas mismas creadoras de esas demandas. La presión por los resultados medidos según estándares internacionales diluye la importancia de la vocación y la deontología profesional, y configura un nuevo perfil para la docencia: profesionales en maximizar el rendimiento y la productividad de los ciudadanos. Sin embargo, los profesores no son técnicos expertos en enseñanza-aprendizaje, sino intelectuales capaces de amplificar no el “capital humano” sino el capital del humano: el conocimiento y la cultura.

 

DOCENCIA Y RELATIVIZACIÓN DE LOS VALORES

El tercer tópico, muy peligroso, es el que presenta los conceptos y valores que se aprenden en la escuela como relativos, modificables al albur de cada nuevo cambio de siglas en los despachos ministeriales. Hasta cierto punto, es una consecuencia lógica del momento que vivimos. Una sociedad en la cual tantos valores son relativos, puede admitir con dificultad que la educación académica se fundamente en la búsqueda de  absolutos: los conceptos del conocimiento, que deben asimilarse antes de poder ser refutados, para el avance de la ciencia; los valores de la democracia, sin cuya aceptación universal es imposible la convivencia.

Existe también una divergencia de propósitos y fines referentes a la educación entre la escuela, la familia y el contexto social, y es tan acusada que en el lenguaje coloquial nos referimos a ella como divorcio. Los análisis de este fenómeno están hechos y nos dicen que la asignatura pendiente es el reparto de papeles, en la certeza de que cada estamento educativo juega un rol propio, inseparable y complementario de los demás. Cuando los profesores tienen que responder a cometidos que exceden su capacidad y sus responsabilidades, se descentran. La escuela solo puede abordar con eficacia sus objetivos propios. A los roles familiares y sociales se acerca con buena voluntad pero de una manera compensatoria. Para que podamos recuperar la convergencia, es imprescindible que la familia se comprenda como transmisora primigenia de los valores personales, y que el docente se sienta y sea percibido como un profesional con una tarea singular y una preparación específica, merecedora de respeto y confianza. Para no defraudarla, por supuesto, estará obligado a la excelencia cotidiana y a abordar los retos sin desánimo, insistiendo en su formación y perfeccionamiento.

 

LA CONFIGURACIÓN INTERNA DE LA DOCENCIA

Es importante reconocer y preservar dos categorías esenciales que configuran el retrato de un docente. La primera está relacionada con su espacio en la sociedad y la constituyen el perfil y la identidad profesional. A estos elementos aluden los tópicos que hemos abordado. La segunda categoría tiene que ver con la configuración interna de la docencia, con una determinada manera de ser que es consustancial a la labor que desempeña un profesor.

Las dos categorías están indisolublemente unidas y cualquier reflexión sobre ellas nos obliga a una clasificación artificial porque la docencia es, al mismo tiempo, una profesión hacia afuera, en la que tienen cabida lo científico y técnico en el máximo nivel de rigor, y lo social como marco de referencia; pero es también una profesión hacia adentro, que recorre el camino ético de un ser humano en contacto permanente con personas sobre las que ejerce una gran influencia.

Y son precisamente estos elementos, que constituyen el hacia adentro de la docencia, los que deben mantenerse estables para permitir al profesor de nuestros días la actualización constante de su trabajo sin perder su identidad esencial.

 

DOCENCIA Y COMUNICACIÓN 

En el perfil del docente está siempre, en el principio, la palabra. Es un profesional del diálogo entre seres humanos. Maestros y alumnos se comunican cara a cara, afirmándose en el lugar que ocupan sin dejar de afirmar al otro. Durante cada curso escolar, conectan profundamente sus vidas en un espacio donde todos aprenden: el adulto mira el mundo con los ojos de los niños; estos lo descubren con la mirada del maestro. Actúan modificándose la vida mutuamente, creciendo como personas.

En ese diálogo, el maestro comparte con el alumno sus conocimientos – claro está- pero también sus convicciones y expectativas, su voluntad, su percepción de la sociedad en actualidad y en proyecto, su visión del papel que el ser humano juega en el mundo. En realidad, comparte sus valores, por eso el diálogo se desenvuelve en la más compleja riqueza de lo humano, y es tan difícil de explicar que, como diría Lope de Vega, solamente quien lo probó lo sabe.

La fuerza de esa comunicación, la responsabilidad de trasvasar a la generación siguiente el modo de empleo de la sociedad y los fundamentos de la cultura, y el inevitable contagio de valores personales constituyen el marco en el cual empieza a reconocerse la identidad profesional del maestro.

 

DIGNIDAD, TRASCENDENCIA Y VERTICALIDAD

En cuanto a la dignidad de la docencia, estriba sobre todo en su condición de profesión esencial. Hay facetas vitales en las que podemos dedicarnos a ser con sustantivos. En ellas, todo lo que se tiene que hacer brota desde ese fundamento. Sin embargo, en el ámbito profesional es frecuente conjugar el verbo ser con adjetivos: ser eficiente, ser puntual… Pues bien, la docencia es sustantiva. Se es maestro, se es profesora. Ineludiblemente.

Mientras dura su camino común, cada profesor es un referente ético para cada alumno; por su parte todos los alumnos son apelaciones a la excelencia moral para el maestro. La tarea docente transmite el mundo para que pueda ser mejorado por la generación siguiente, que a su vez habrá de transmitirlo. Y ese avance, durante el cual las generaciones se suman, es profundamente, dignamente humano.

La profesión docente cuenta con otra clave: su trascendencia. Hannah Arendt describe magistralmente esta energía de las interacciones humanas: La fuerza del proceso de la acción nunca se agota en un acto individual sino que crece al tiempo que se multiplican sus consecuencias.[1]

La educación otorga a cada individuo las llaves del mundo exterior y de sus propias capacidades, por eso el resultado del trabajo de un buen docente es tan transformador. Sería interesante recuperar para la escuela el arraigo emocional que proporciona a la educación su dimensión integral, para que no nos atrape la vorágine de cronos en forma de programaciones y horarios estrictos, cuando la relación educativa es una oportunidad, un kairós.

Otro fundamento de la docencia es su verticalidad. Profesor y alumno, iguales en dignidad y derechos como personas que son, se encuentran situados durante su relación en distintos planos. El plano del maestro se eleva sobre la responsabilidad de desempeñar una tarea que le obliga a dar el máximo y de la cual deriva su autoridad; el del alumno, se asienta sobre el respeto que debe a quien le enseña y sobre su propia voluntad de aprender. Porque la relación educativa tiene también un componente imprescindible que pone únicamente el alumno y que está relacionado con su actitud ante el aprendizaje, ante el conocimiento y ante el proyecto de su propia vida. Profesores y alumnos ponemos cada día en juego lo mejor de nosotros mismos.

 

VOCACIÓN Y APTITUD

Los dos últimos elementos internos, la vocación y la aptitud, pertenecen a la esfera personal de cada profesor.

El primer requisito para reconocer la vocación docente es el amor a los niños y jóvenes, ya que solamente puede darse en personas que estén interesadas por las personas y que, de entre todo el panorama de lo humano, sepan apreciar la belleza de quien se está abriendo al mundo.

Hay un segundo requisito personal, y es el respeto por uno mismo. Educar es comprender y hacerse comprender, respetar y hacerse respetar. Y sentirse depositario de autoridad. De hecho, la vocación docente implica no tener miedo a la certeza de que uno va a tener autoridad sobre alguien y estará obligado a hacer buen uso de ella.

La aptitud es indispensable. Un profesor no solamente debe querer serlo; es imprescindible que sirva para serlo. Debe saber que tendrá que renovar su compromiso a diario, a veces en circunstancias difíciles. Deberá aprender a conocerse y a conocer a los demás para trabajar en equipo y sentirse miembro de una comunidad educativa. Aprender a decir sí y no, y a dar crédito a lo frágil para reconocer en cada alumno sus potencialidades. Aprender a no llevarse los problemas de casa al aula, a liberarse de la dictadura de lo ya hecho miles de veces y a plantearse cómo hacerlo siempre todo por primera vez. Aprender a explicar y a escuchar, a mirar y a ser mirado. Y aprender a cuestionarse todo.

 

UNA PROFESIÓN ESENCIAL

Comunicación, dignidad, trascendencia, verticalidad, vocación y aptitud en la esencia; profesionalidad e identidad clara en la praxis. Si nos preguntan qué pintamos los maestros en el imperio de Google, podemos responder que somos profesionales del saber, del saber aprender y del aprender a ser. Y que a diario ponemos en juego lo mejor de nosotros mismos, en un desafío ético que aceptamos con alegría. Por eso cuando probemos las aguas de este océano nuevo, comprenderemos que, en esencia, es el mismo que dejamos atrás. Dedicarse a la enseñanza será siempre una manera salada  y profunda de vivir.

[1] Hannah Arendt, La condición humana. Paidós, Barcelona, 2005.

Carmen Guaita

Maestra, escritora.

 

 

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