El riesgo de educar


Nuestra sociedad evoluciona rápidamente, tanto que nos es difícil, por no decir imposible, aventurar mínimamente cómo será la sociedad del mañana, como nos relacionaremos, como nos comunicaremos o en qué trabajaremos. Por esta razón y por la necesidad de pensar que un mundo mejor es posible, también hoy, ahora, se hace necesario replantearnos nuestro panorama educativo y asumir los riesgos que ello conlleva.

Quizá el primer riesgo, el de mayor calado, es el de no preguntarnos realmente el porqué de la educación y no pararnos a reflexionar sobre el modelo de sociedad que queremos darnos. Cuando hablamos de educación, hablamos de algo mucho más profundo e importante que del mero proceso de aprendizaje en un aula, algo ya de por sí complejo por otra parte.

Si nos enfrentamos a esta pregunta, a plantearnos el porqué de la Educación, sus fines últimos, seguro que valdrá la pena arriesgar, imaginar, perder el miedo. Un primer acercamiento nos debería quizá sacar de la discusión sobre el currículo o la estructura del sistema y acercarnos a la necesidad de que los alumnos y alumnas configuren su proyecto vital, atendiendo a las emociones y las competencias y bajo el respeto profundo al niño, la niña o el joven que debe ser considerado en todo momento como un ser único y genuino, como una materia prima de incalculable valor.

No nos referimos a una herramienta política, ni a un arma arrojadiza entre formas de pensamiento diverso, mucho menos a una fórmula de alienamiento sutil, más bien estamos ante una herramienta poderosa de progreso y transformación social.

Una vez hechas estas reflexiones y contestadas a las preguntas clave, aparece el riesgo inherente a la acción misma de educar, en la que todos estamos implicados. Apostamos aquí por entender la Educación como un gran ecosistema en la que existen multitud de agentes y procesos y en el que el cambio en uno de ellos provoca en mayor o menor medida cambios en todos los demás.

Por eso necesitamos de una estructura sólida, nacida de un pacto educativo que permita a los distintos agentes implicados realizar su labor con el convencimiento de tener un objetivo claro y común. Necesitamos arriesgar y dotarnos de un marco legislativo común que ofrezca además la posibilidad de innovar y avanzar hacia el futuro utilizando las herramientas pedagógicas y de gestión que ya conocemos y las que están por venir. Apostamos entonces por una educación de calidad que fomente la equidad y la igualdad de oportunidades.

Pero para iniciar esta transformación parece que sería necesario previamente un proceso valiente de evaluación de todo el sistema, de la administración, del profesorado, de los centros, del alumnado, de los agentes sociales, etc. Planteando si cabe un modelo de indicadores y apostando por planes de mejora y transformación que fomenten la innovación ¿No parece esto algo lógico?

Para hacer todo esto, y poder poner los cimientos de una Educación diferente, que arriesga, necesitamos personas con vocación y actitud innovadora, capaces de levantar la cabeza, interlocutar con su entorno, identificar problemas, arriesgar en la solución y que la consecuencia final produzca algo bueno en el sistema o cuando menos en las personas que les rodean.

Y en este punto llegamos al aula, al centro educativo, a los procesos de educación no formal; esos contextos en los que viven nuestros niños y jóvenes hoy. Que no son en absoluto seres pasivos, en su día a día en este mundo digital e hiperconectado están acostumbrados a Crear, Compartir, Colaborar, Recomendar y Denunciar. En la medida en que nuestros alumnos encuentren retos en sus procesos de aprendizaje en los que se pongan en liza estas capacidades y competencias, entenderán el proceso educativo como algo cercano; en la medida que el modelo educativo sea de mero consumo de información, no encontrarán razones para acercarse a él ni llegarán a experimentar la emoción y del disfrute del aprendizaje.

Y para que esto ocurra debemos contar con los mejores profesionales y por ello se propone también una revisión a fondo tanto de la función docente y su formación (inicial y permanente) como de la función directiva. Pensar en cómo abordar la gestión de personas y proyectos, generar planes estratégicos de centro que nos permitan mirar a largo plazo, planificando, reconociendo, desde liderazgos compartidos, apoyando el crecimiento personal y profesional de docentes, educadores y equipos directivos y de gestión.

Por último, debemos arriesgar con la implicación en esta tarea del resto de agentes y muy especialmente de las familias, no como un agente al que informar sino como un protagonista activo del proceso. Formar así un triángulo virtuoso entre escuela, familia y sociedad con el alumno en el centro de todas las miradas y todos los protagonismos. En el centro del aula, del sistema, del currículo y sobre todo de la evaluación y la metodología, activa por supuesto, pensando en competencias frente a conceptos y en la evaluación como una gran palanca de cambio. Con docentes que acompañan y alumnos empoderados.

Y pensar globalmente uniendo los aprendizajes de la pedagogía moderna con lo mejor de la tradición educativa, recordando el Efecto Pigmalión y pensando que si creemos que podemos, probablemente podremos. Podremos pensar un sistema distinto, impulsar la innovación en nuestros centros y aula, dar protagonismo a nuestro alumnado e invitarles también a ellos a arriesgar, sin miedo a equivocarse.

En definitiva, el mayor riesgo de la educación está precisamente en no arriesgar. Vale la pena hacerlo si pensamos en lo que nos espera al final del camino, un mundo mejor en el que la Educación sea el vehículo que nos hermana y nos pone a todos en comunicación.

Arriesga, re-enamorate de la educación, o hazlo por primera vez si no lo habías hecho nunca, verás que vale la pena.

 

 Juan Núñez Colás

 Profesor y asesor pedagógico