Aprender lo importante

Hace cinco años tomamos una de las decisiones más importantes de nuestra vida: ampliamos la familia con un nuevo hijo. Este niño no iba a nacer de mi vientre sino que ya estaba en el mundo. Nos decidimos por la adopción. En nuestro caso, por la adopción de un niño con discapacidad. Así fue como Claudia llegó a nuestro hogar.

Claudia tiene síndrome de Down y otras dificultades en la visión y la audición. Nació muy prematura y nos la entregaron en el mismo hospital donde la cuidamos hasta que le dieron el alta.

Han sido unos años de atenciones continuas, médicos de todas las especialidades, emociones intensas y, sobre todo, de mucho aprendizaje. Para nosotros, sus padres, y para sus dos hermanos mayores, Ada y Teo, que desde antes de la llegada de su hermana pequeña nos ofrecieron el sí más rotundo a esta aventura de ofrecernos a un niño sin familia. 

Claudia nos ha enseñado y nos enseña cada día. Mirarla es observar a una maestra de la vida. A pesar de sus problemas de salud, siempre está contenta. Es una niña muy feliz que se va sobreponiendo a todos los obstáculos que se encuentra en el camino. Es una niña que con cada beso que recibe muestra una emoción intensa, como si el alma se le desbordase. Es una niña que busca constantemente la piel del que tiene al lado, que no se conforma con la media distancia… Porque ella sabe que lo más importante es quién nos acompaña en el camino.

Nos sentimos muy afortunados por este regalo. El regalo de vivir, a través de su mirada, qué es lo verdaderamente esencial. Muchos nos preguntan si, antes de adoptar, no nos planteamos que íbamos a “complicarle” la vida a nuestros hijos mayores. La decisión, desde luego, no surge de un arrebato ni de una inconsciencia.

Sabíamos que un hijo con discapacidad iba a necesitar mucho de nosotros, y así ha sido. Más aún de lo que pensábamos, pues no contábamos con su frágil estado de salud. Pero jamás hubiéramos tomado una determinación que perjudicara a ningún miembro de la familia.

Ada y Teo nos han enseñado lo que es la generosidad verdadera, esa que no se plantea de dónde ni por qué, esa que se limita a darse por entero. Y así lo han hecho con su hermana, a la que adoran y por la que han tenido que hacer algunas renuncias por las que, sin duda, han crecido como personas. Antes todo era posible: mamá y papá estaban por entero para ellos dos. Ahora saben que puede venir una mala racha de salud de su hermana o que hay cosas a las que no podemos ir los cinco juntos, y se han adaptado, aprendiendo que la vida va justamente de eso. De dar y de darse. De pensar en los demás, de hacer un mundo mejor y de no mirarse siempre y solamente al ombligo.

Las personas con discapacidad como Claudia son un maravilloso motor para mostrarnos lo que de verdad importa. En la mayoría de las familias, la llegada de un miembro con discapacidad es la oportunidad de iniciar una nueva etapa, una nueva vida donde los valores cambian.
Así ha sido para nosotros y así esperamos que sea para toda la gente con la que Claudia se cruce en su camino. Porque la inclusión está en disfrutar de la diferencia y dignificarla, en el entorno que sea: un parque, una actividad de ocio, un viaje, una relación de amistad, un trabajo…

Después de estos cinco años tan intensos, sentimos que todo ha merecido la pena. Las risas, los llantos, las alegrías, los desasosiegos… La vida plena, llena de amor y feliz de Claudia es la mejor respuesta para quienes dudan de si hicimos o no lo correcto.

Para nosotros no hay interrogantes. Todo niño merece una familia entregada en la que crecer y desarrollarse. Cueste lo que cueste sacarlo adelante.

Claudia es nuestra hija. La que nos ha mostrado otros caminos. La que nos ha enseñado, de verdad, y de la mano de sus hermanos, de qué va esto de la vida. Claudia es pura Navidad.  

Terry Gragera Ruiz

Periodista y madre de Ada, Teo y Claudia.