FAMILIA Y ESCUELA: EL VALOR DE LAS SINERGIAS


Me dispongo a redactar este texto coincidiendo con el reto que, para este trimestre, nos plantea la Fundación Botín a través de su programa Educación Responsable. Su título no deja lugar a dudas: ‘Más proyectos con familias’.  Tampoco las deja lo que señala a continuación: ¡Porque trabajando juntos conseguiremos la educación que queremos!

 

José Iribas

 

Es cierto que ‘educa la tribu entera’. Y no lo es menos que dos actores destacados de la misma son la familia y la escuela.

A la familia le corresponde el primordial derecho -y deber- de educar a sus hijos. Y no puede desentenderse de este (como tampoco se le puede hurtar).

Sin perjuicio de ello, es claro que la labor de la familia ha de ser apoyada y complementada por la de los profesionales de los centros educativos en que aquella escolarice a sus hijos.

Es más: deben posibilitarse sinergias que propicien que el efecto de la labor de la familia y la escuela sea superior a la suma de los efectos individuales.

Para favorecer dichas sinergias parece importante que cada familia pueda escoger un colegio con cuyo proyecto educativo se sienta identificada.

Esta libre elección se sustenta en sólidos argumentos. Utilicemos dos, uno de índole constitucional y otro, práctica:

 

1. El art. 27.3 de nuestra Carta Magna señala -en el ámbito de los derechos fundamentales- que ‘los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones’.

2. La familia confía a la escuela lo mejor que tiene: sus hijos. Son estos los que nutren las aulas de los centros educativos y quienes constituyen la razón de ser de sus maestros. 

 

Cuando una familia puede elegir su colegio se facilita, de inicio, la mayor coherencia entre el proyecto educativo de los padres y el del centro; y un sentimiento de libre pertenencia y de ‘equipo’ que también ayuda a la complicidad y sinergias, entre familia y escuela.

La comunicación bidireccional es relevante desde el inicio de la escolarización. Ello de cara a la identificación temprana de las necesidades de cada alumno para, así, actuar en consecuencia.

Pero esta comunicación e implicación inicial de padres y madres en la actividad escolar de sus hijos es esencial que se mantenga a lo largo de todos los estudios. Y, desgraciadamente, no siempre ocurre así: ¿Cuántas veces van los padres a tutoría en la ESO o en FP? Y, de esas, descontemos aquellas en las que se acude de manera reactiva y solo cuando se han encendido las alarmas…

En general, participamos y nos involucramos menos de lo debido. A pesar de estar acreditada la incidencia del interés que se muestra y la de las expectativas que se plantean y reciben, en relación con los resultados académicos de hijos y alumnos, en su formación integral y en el clima escolar.

En definitiva: la participación, la confianza recíproca y trabajo ‘codo con codo’ (y no a codazos…), el respaldo de los padres a la autoridad del profesorado, la complicidad y unidad de acción entre familia y escuela son esenciales.

Lo deja muy claro, entre muchos otros, el estudio del Consejo Escolar del Estado que sobre la participación de las familias publicó esta institución en el año 2014.

 

Educar para la vida; para ser: una educación integral.

 

 

Cuando hace unos años tuve el honor de servir a mi sociedad como consejero de Educación de Navarra quería -obviamente- que nuestros alumnos obtuvieran los mejores resultados académicos. Pero ello no era suficiente. Para nadie.

¿Cuál era -y sigue siendo- la educación que queremos?

Necesitábamos personas instruidas, pero, además, las queríamos con valores. Un aprendizaje meramente académico y sin hábitos positivos o virtudes humanas hubiera supuesto todo un fraude. E incluso un grave peligro.

De ahí nuestro interés de que, también en este esencial campo, familia y escuela trabajaran juntos en todo momento.

Lograr que puedan arraigar esos hábitos positivos y valores -y profundizar en ellos- se favorece a través de la unidad de acción y es clave en la formación integral a la que aspirábamos. Educábamos -y así hay que seguir haciéndolo- para la vida; y no solo ‘para ganarse la vida’.

Lo hacíamos desde un análisis compartido, cuyas conclusiones tienen mucho que ver con estas reflexiones de tres personas de quienes, naturalmente, has oído hablar. A ver cómo te suena:

Empecemos -para intentar que te suene bien- con un compositor:

• Beethoven: ‘El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad’, dixit.

Pero adentrémonos más en el ámbito puramente educativo:

• Señalaba José Antonio Marina: ‘La mayor creación de la inteligencia humana no es el arte, ni la ciencia, ni la tecnología. La mayor creación de la inteligencia humana es la bondad’. (La Vanguardia 24.10.14).

•  Y añadía Howard Gardner: ‘Las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes… Los mejores profesionales son siempre ECE: excelentes, comprometidos y éticos’. (Panorama.com 12.04.16).

 

 

¿Cómo encaminarse, en este sentido, hacia una vida verdaderamente lograda? Con esa formación integral que merece nuestro alumnado.

No se trata solo de instruir, sino de abrirse al conocimiento de la vida, ya que -está acreditado- afectividad e intelección actúan juntas y se entreveran.

Necesitamos alumnos competentes académicamente, desde luego; pero también con inteligencia emocional y social, creativos, alegres, responsables, generosos, comprometidos, justos…

 

Más proyectos con familias: te apunto uno específico. Y de valor.

 

Y, además, de valores.

En Navarra -además de sumarnos en su momento al programa de Educación Responsable de la Fundación Botín- implantamos y difundimos lo que vinimos en denominar “Sistema de Indicadores del grado de desarrollo de hábitos y valores del alumnado”. Uno para Primaria y otro para Educación Secundaria Obligatoria.

Se trataba de una herramienta práctica para profesores y familias (había que trabajarla en casa y en clase), de cara a definir, observar y evaluar el arraigo y desarrollo de valores y hábitos positivos en nuestros estudiantes. Y a fomentarlos.

Los indicadores seleccionados se referían a cuatro tipos de hábitos y valores:

1. Los que facilitan la convivencia en el ámbito educativo
2. Los que facilitan el trabajo y el estudio
3. Los que favorecen el bienestar personal y familiar y
4. Los que propician el compromiso con las personas y la sociedad.

La educación -y evaluación- sistemática en estos hábitos positivos, tanto en el centro educativo como en el hogar, desde la colaboración y la complicidad, ayuda a posibilitar que hijos y alumnos ‘crezcan’ como personas y puedan aportar lo mejor de sí mismos a la sociedad. Los encaminamos así hacia una vida verdaderamente lograda.

Conviene a este respecto citar a Arthur Schopenhauer:

“…Está fuera de toda duda que lo que uno es contribuye mucho más a nuestra felicidad que lo que uno tiene”. Aforismos sobre el arte de vivir, Alianza Ed., 2009.

¿Podría olvidársenos a veces?

 

José Iribas Sánchez de Boado

Director de Expansión Académica de UNIR

 

Nota: Si deseas conocer más en detalle cómo llevar a cabo, entre familia y escuela, el proyecto que te he referido sobre hábitos y valores y su evaluación y desarrollo, me tienes a tu disposición.
Email: joseiribasboado@gmail.com 
Twitter: @jiribas