La IA en el aula:¿Para qué educar en tiempos de inteligencia artificial?
En este septiembre comenzamos un nuevo curso, y como siempre, se presenta con sus propios retos y desafíos particulares. Uno de estos nuevos retos, es sin duda, la Inteligencia Artificial. ¿Cómo nos vamos a relacionar en el aula con esta nueva realidad?
Si no os ha sucedido ya, seguro que durante este año empezaréis a escuchar a los alumnos preguntarse: "¿Para qué tengo que aprender esto si la IA puede hacerlo por mí?"
Puede aparecer ante un comentario de texto, un problema de matemáticas, una traducción, un ejercicio de sintaxis o un trabajo de historia. Es algo transversal a todas las asignaturas. Si una herramienta puede redactar, resumir, corregir, calcular, ordenar información o explicar un tema en segundos, ¿qué sentido tiene seguir enseñando como si nada hubiera cambiado?
La pregunta del alumno tiene su reflejo en la sala de profesores. Llegan trabajos impecables que no sabemos muy bien cómo evaluar. Aparece la tentación de prohibirlo todo, de tratar de controlar el uso de la IA, y seguir enseñando “como siempre”. Sin embargo, es necesario mirar y aceptar la realidad como es: la inteligencia artificial ha entrado en la vida cotidiana con una rapidez difícil de asimilar, y está en el móvil de cualquier estudiante, en las herramientas de trabajo de muchos profesores y en las conversaciones de familias y equipos directivos. Puede ayudar a preparar materiales, adaptar explicaciones, elaborar rúbricas, generar ejemplos o resumir documentos. También puede aliviar tareas repetitivas que consumen tiempo y energía en la vida ordinaria de un centro.
Sería poco realista educar como si la IA no existiera, o como si los alumnos no fueran a encontrarse con ella fuera del aula. Si la escuela renuncia a acompañar este aprendizaje, otros lo harán en su lugar: la prisa, las redes, la utilidad inmediata, la cultura de entregar cuanto antes, etc.
Esta nueva realidad nos interpela en nuestra misión como educadores, y nos hace preguntarnos nuevamente: ¿para qué enseñamos? En educación, la cuestión principal no puede reducirse a qué herramientas usamos, sino a qué lugar les damos dentro de una propuesta formativa. La IA puede estar en nuestra caja de herramientas, al servicio del alumno, y no el alumno al servicio de la IA. Pero para que eso suceda, hace falta primero tener claro qué estamos educando.
La formación del criterio
Durante mucho tiempo hemos podido dar por supuesto que aprender ciertos contenidos era necesario porque no estaban disponibles de manera inmediata. Hoy la mayoría, por no decir todos, están a un clic de distancia. Eso obliga a explicitar mejor su sentido.
Los conocimientos siguen siendo imprescindibles, porque sin ellos el alumno queda indefenso ante una respuesta que suena bien, pero puede ser falsa, incompleta o superficial. Para juzgar una explicación, hace falta saber algo del asunto. Para hacer una buena pregunta, hacen falta vocabulario, memoria, referencias y una cierta familiaridad con el mundo.
Enseñar contenidos, entonces, se queda pobre si esos contenidos quedan aislados, como piezas que el alumno acumula para superar una prueba. Es muy importante tener presente en todo momento el para qué de estos contenidos: ¿qué están desarrollando en el alumno? Enseñamos sintaxis para comprender mejor cómo se construye el lenguaje. Enseñamos Historia para mirar el presente con más profundidad. Enseñamos Matemáticas para educar una inteligencia capaz de razonar con rigor. Enseñamos a escribir para ayudar a una persona a pensar con claridad y a encontrar su voz.
Lo que está en juego, en el fondo, es la formación del criterio. Que el alumno vea la IA como una herramienta más, no como un sustituto. Ahora bien, aun teniendo claro el sentido de los contenidos, sigue vigente la pregunta práctica: ¿cómo ponemos la IA al servicio del alumno? ¿Es suficiente con controlar o prohibir su uso?
¿Cómo nos relacionamos con la IA?
La UNESCO viene insistiendo en la necesidad de formar a docentes y estudiantes para un uso ético, crítico y responsable de la inteligencia artificial. Esa alfabetización no consiste únicamente en manejar aplicaciones. Implica comprender qué hacen, qué límites tienen, qué datos utilizan, qué sesgos pueden reproducir y qué decisiones deben seguir siendo humanas. En el fondo, se trata de formar usuarios capaces de relacionarse con la tecnología sin quedar absorbidos por ella.
Profundizando en esta necesidad, León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, ofrece una intuición muy sugerente para este momento educativo: "toda tecnología educa a quien la utiliza". La IA no solo resuelve tareas; también acostumbra. Puede acostumbrar a esperar respuestas inmediatas, a delegar demasiado, a aceptar como verdadero lo que aparece bien formulado. También puede enseñar a contrastar, a preguntar mejor, a reconocer límites y a dialogar con una herramienta sin confundirla con una conciencia. En definitiva, la relación del alumno con la IA es una influencia muy importante en su crecimiento y desarrollo, y no puede quedarse fuera de una propuesta eduactiva integral.
Educar en tiempos de IA exige algo más que añadir normas de uso al final de una programación. Pide enseñar el arte de decidir cuándo tiene sentido usarla y cuándo conviene dejarla a un lado. Hay ejercicios en los que la ayuda de la IA abre caminos; hay otros en los que adelanta una respuesta que el alumno necesitaba buscar por sí mismo. Distinguirlo forma parte del aprendizaje, y también del oficio docente: diseñar experiencias en las que la IA no sustituya al alumno.
Esto puede cambiar algunas prácticas del aula. Por ejemplo: en lugar de recoger solo el trabajo final, el profesor puede pedir el recorrido completo. El alumno entrega su primer borrador, la respuesta que le dio la IA y unas líneas explicando qué aceptó de ella, qué descartó, qué comprobó y qué entiende ahora que antes no entendía. La corrección cambia de objeto: ya no se evalúa solo un texto, sino la manera de pensar que lo ha producido. En ese recorrido se ve el aprendizaje con más nitidez que en una entrega impecable.
Aquí el papel del profesor se vuelve todavía más necesario. El docente no queda reducido a vigilar trampas ni a aprender la última aplicación de moda. Su tarea es más profunda: crear las condiciones para que el alumno no solo produzca algo, sino crezca en el camino. Ayudarle a distinguir información de comprensión, facilidad de maduración, apariencia de verdad. Enseñarle a hacerse responsable de sus palabras, de sus fuentes, de su manera de trabajar y también de su modo de relacionarse con otros y con la IA.
La educación como encuentro
Porque la educación no ocurre en soledad. Aprendemos con libros, ejercicios y herramientas, pero también en comunidad, con compañeros y profesores. La IA puede simular diálogo, acompañamiento o empatía, y en algunos contextos puede resultar útil. Pero la relación educativa pertenece a otro orden: supone presencia, confianza, responsabilidad, reconocimiento mutuo. En definitiva, supone un encuentro. El alumno necesita aprender a usar bien una herramienta; pero también necesita aprender a escuchar, esperar, dialogar, pedir ayuda, ofrecerla y convivir con quien piensa distinto.
Por eso la pregunta "¿para qué enseñamos?" se responde desde una visión de la persona. Enseñamos para formar inteligencia, libertad, criterio y responsabilidad. Transmitimos conocimientos, ciertamente, pero esa transmisión se queda corta si no ayuda a vivir mejor, pensar mejor y relacionarse mejor.
Quizá la inteligencia artificial sea una oportunidad precisamente por eso. Nos fuerza a volver a la esencia de la educación, que nunca fue una mera transmisión de contenidos. Nos obliga a volver al origen: entender la educación como formación y desarrollo de la persona a través del encuentro.
Sonia González
Co-Directora del Programa de Transformación Educativa de la F. Botín y de la UFV.
Directora y fundadora de Crescente, consultora de transformación cultural y liderazgo organizacional. Acompaña a instituciones educativas, empresas familiares y organizaciones en procesos de crecimiento desde un enfoque humano y sistémico.