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“Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es,
infinito. Pues el hombre se ha cerrado sobre sí mismo hasta ver todas las cosas por las
estrechas rendijas de su caverna”.
(William Blake, 1793)

En los últimos siete años hemos investigado prácticas innovadoras en materia de Educación Emocional y Social en 21 países y hemos hallado mucho contenido que sirve de inspiración y motivación para aquellos educadores que desean dar un impulso a su programa educativo. No obstante, en nuestro análisis del entorno educativo global hemos observado que, en muchos aspectos, la formulación de políticas educativas ha seguido el sentido opuesto, ya que estas últimas están exclusivamente basadas en los resultados, la competitividad y los sistemas impersonales.

Sería un disparate creer que podemos predecir de manera realista el futuro que vivirán nuestros niños. Muchas de las habilidades que en el pasado permitieron que la vida humana prosperara, deben ser ahora desarrolladas y reformuladas. Las habilidades esenciales que nos permitirán mejorar nuestra vida y la de los demás son la creatividad humana y la comprensión social.

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La creatividad está presente en los niños por naturaleza, pero la confianza de muchos de ellos en esta capacidad disminuye a medida que conviven con su entorno inmediato y en la escuela. Nuestro mundo coarta con demasiada frecuencia las capacidades que deberíamos dejar florecer y reforzar. El hecho de hacer frente a nuevos retos requiere coraje y fuerza interior para así entrar en nuevas esferas de imaginación e inspiración e intentar entender al otro.

Es posible desarrollar planteamientos que permitan a los niños promover en las escuelas las capacidades inherentes a la “persona desconocida” que habita en ellos. Consisten en situar en el núcleo de la vida escolar un plan de estudios basado en la educación experimental y rica en artes; respetar el juego y el carácter lúdico y su metamorfosis en la vida adulta; explorar nuestras múltiples identidades con un sentido de la curiosidad y un conocimiento de nuestra condición humana compartida; respetar nuestras responsabilidades sociales y medioambientales, o considerar nuestra vida emocional como un camino de aprendizaje.

Como docentes y cuidadores, podemos explorar conscientemente la naturaleza del niño y constatar que las características de la infancia pueden mantenerse adecuada y provechosamente en la vida adulta, sirviéndonos de apoyo en nuestra función como educadores. La resiliencia, al igual que el bienestar, es un proceso, no un estado, que debe tejerse una y otra vez desde nuestro sentido del yo siempre que nos enfrentamos a un nuevo reto. Por su parte, el coraje se puede hallar experimentando la importancia de nuestra interdependencia y el potencial de la alegría de vivir.

Éstas no son meras lecciones que los adultos imparten a los niños, sino que están en la esencia de la propia infancia, si bien de manera inconsciente. Para recuperarlas de manera consciente, debemos abrirnos a la humildad e interesarnos por todos los esfuerzos realizados por nuestros compañeros y contemporáneos que investigan en esta misma línea.

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No existe receta alguna, sólo las ganas de aprender. Pero el unir nuestros pensamientos en lo que respecta a la libertad, la atención y la imaginación, incluso durante breves espacios de tiempo, nos estimula y brinda ideas que, a su vez, pueden nutrir a nuestros niños.

Éstas son las puertas de la percepción que constató William Blake. Tanto nosotros como nuestras culturas disponemos de “estrechas rendijas”, pero la meta de cualquier empresa educativa provechosa las ampliará. Obviamente, no en la búsqueda de la perfección, sino al servicio de la evolución. Tal y como indicó Blake: “Sin contrarios no hay progreso. Atracción y repulsión, razón y energía, amor y odio son necesarios para la existencia humana.”

Las maravillas que nos brinda nuestra actual tecnología transformadora, nos hacen correr el riesgo de apartarnos del mundo real. Este riesgo debería llevarnos a analizar las repercusiones éticas del impacto de la tecnología en nuestra vida y en la de nuestros niños. La antes llamada amistad, inherente a sus profundos vínculos, está ahora en peligro cuando es entendida meramente como una relación electrónica.

Como seres humanos, necesitamos sentir que lo que hacemos tiene valor, no sólo para nosotros, sino para el conjunto de la sociedad y, por consiguiente, necesitamos hallar las habilidades concretas que sirvan de complemento a nuestras máquinas. ¿Y dónde mejor que en las escuelas para iniciar este proceso?

La receta tiene que originarse en el interior del niño, del profesor, de la institución, de la comunidad y de la cultura. Todos podemos ser fuente de inspiración, compartir experiencias, motivar, asesorar y mostrar interés, pero no podemos replicar sin más nuestra singularidad. Para abrir las puertas de la percepción tenemos que encontrar una nueva cultura que conlleve una relación positiva y de respeto con los demás. Necesitamos proteger e intentar expandir nuestra humanidad, siendo realmente extraordinarios los retos a los que nos enfrentamos actualmente.

Christopher Clouder

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